De cómo el Real Jardín Botánico de Madrid despierta las musas y la capacidad para soñar:
La idea de escribir un libro sobre los jardines era descabellada, tan loca que sólo podría ocurrírsele a Julio. Sin embargo, no recordaba que él hubiera escrito alguna vez sobre plantas, salvo aquella divertida intriga perpetrada en un museo para capturar neuróticos anónimos en “62. Modelo para armar”. Algo sobre parques y su continuidad, pero que las historias ocurriesen allí, no quiere decir que trataran de arborescencias y verdores.
Está claro que para escribir un libro el escribiente o escribidor, debe tener muy en cuenta una única premisa: “allí tienen que pasar cosas”. Pero... ¿Qué cosas pasan en un jardín?,¿A quién le interesan?,y sobre todo...¿Quién es el loco que las cuenta?.
Sin pensarlo más, un día se fue cuaderno en mano al jardín botánico y descubrió que allí pasaban cosas. Nada más traspasar la puerta olorosa del recinto vegetal, descubrió a los paseantes con esa cara de éxtasis, entre extraviados y juguetones, cómo sentíanse secretamente niños. Y es que...
¿Quién no se regresa a aquellos dulces tiempos de la inocencia, en los que todos tuvimos un muestrario con hojas secas para entregar al maestro?¿Quién no se siente aliviado del tráfico y la abrumadora monotonía de la cuidad, y se entrega otra vez a la curiosidad y el espanto de lo desconocido?.
No me negará usted que unos nombres como “celtis caucásica” o ”euonymus europeaus” pueden matar del susto a cualquiera. Lo único que queda claro es que son árboles del cáucaso y de Europa, respectivamente, pero poco más. Olvidado de su sofisticado nombre, lo que más le importa al visitante es que su sombra es mansa, de las que acarician mientras cobijan. Que son como una casa alta y ventilada, llena de habitaciones con balcones donde viven unos inquilinos alegres, que están todo el día cantando. Y que a pesar de ello, estos cantores habitantes tienen tiempo para cuidar de sus hijos, a quienes acomodan en unas confortables cunas, que han sido construidas con esfuerzo por ellos mismos de poquito en poquito, y de salir a buscar comida para alimentarles.
Lo laborioso y duro de ambas tareas, no les quita esa alegría que a muchos nos falta. Verles revolotear y oírles, ágiles y virtuosos, es toda una lección para ese ser supremo evolutivo que ha sido llamado lobo de sí mismo. Mientras, el hombre está cada día apesadumbrado y hostil, haciendo esas tareas tan universales como dar de comer a los hijos y conseguir sustento y vivienda, sin respetar a los seres que están por debajo de él (según Linneo). Por eso el batir de unas alas o el trino de un pequeño pajarillo está ahí para recordarle un mensaje que por importante está hasta en la Biblia. No lo escuchamos, nos da igual, o simplemente nos puede una incredulidad que es prepotencia, pero Dios (o alguien, o algo) nos provee.
Las gentes, las cosas; pasar, pasaban. Ahora mismo acababan de pasarle por detrás tres generaciones femeninas. Unas nenas con uniforme que acababan de salir de clases, y competían por alcanzar las ramas de un árbol. Seguíanles a unos metros sus mamás, que iban hablando de trabajo y otras banalidades. En dirección contraria aparecieron cuatro viejecitas, que charlaban más relajadas pues ya no estaban para saltar a tocar las ramas y tal vez ya habían aprendido que es bueno descansar y disfrutar de simples y cotidianos placeres, antes de hablar en domingo de la apremiante necesidad a de ir al súper a por leche, o de las malas pulgas del jefe (que vienen a ser lo mismo las dos cosas: un tema de leche).
Y claro, están los nostálgicos, esos que inconfundibles vienen a todo menos a ver los árboles. Les miras, te reconocen, están agazapados en un banco cualquiera, con la mirada puesta vaya usted a saber dónde y la mente lejanísima. De amores, de versos y sueños, les hierve cada poro. A veces se les ve reír o llorar, indistintamente.
Justo cuando pasó de largo por delante de uno de ellos, se encontró con un extraño lugar , con advertencia incluida:
AVISO: Esta estufa fría tiene un sistema de riego aéreo que puede ocasionarle algunas molestias cuando se pone en funcionamiento. Durante los segundos que dura, caerán pequeñas gotas de agua sobre los visitantes. Rogamos perdonen las molestias.
Este aviso se puede leer a la entrada de un húmedo habitáculo con orquídeas, lotos y nelumbos. Uno penetra feliz en el invernadero (o cámara húmeda o estufa fría o como le quieran llamar), y se siente extrañamente convidado a la fiesta de lo vegetal, de las flores exóticas, de las criaturas flotantes en verdes y musgosas aguas, de los helechos que están por allí rondando. Y ya está el conjuro en los labios del sorprendido: “que llueva, que llueva, la virgen de la cueva”. El intruso quiere que ya todo suceda, que se dispare el mecanismo, y caigan esas finísimas gotas que son la confirmación de que eres bien recibido allí. ¡Y mójese todo, y todos, que la fiesta de lo verde continúe!.
Sólo paseando y leyendo los nombres uno es consciente de las reminiscencias poéticas de éstos. El laurel es más lindo cuando le llaman “laurus nobilis”, y la malva, “hibiscos syriacus” o rosa de Siria. Lo que hace pensar que estos señores que ponían los nombres, debieron ser unos poetas que perdieron el rumbo, y que de estar encerrados en laboratorios e invernaderos acabaron por ser reos en pos de un sueño como en Babel.
Y que los poetas también son un poco botánicos, o sienten debilidad igual por las plantas. Y es que sólo mirando un frondoso “no sé qué”, que es un olmo, se puede entender la tristeza de Machado frente a un ejemplar seco.
Y delante de unos nelumbos, te invade la melancolía por el amor perdido o sin encontrar de la princesa que está presa en sus tules de Darío. ¿Dónde estaría el bardo sino en un jardín cualquiera cuando escribió que “están tristes las flores por la flor de la corte” ? Tantas veces extrañado ante el deseo tan científico como poético de “Oh, quién fuera hipsipilia que dejó la crisálida”, y aún desconcertado el lector, buscar un diccionario, y comprobar que Rubén solo quería ser ¡mariposa!
Se acuerda de muchos más que tuvieron ensoñaciones en jardines. Entre los contemporáneos y vivos está Benedetti. Tuvo que ser en un escenario así, donde el uruguayo escribiera aquel poema de un amor contrariado, una pareja de la que nada sabe, pero imagina que se está separando. ¿Pero en cuál de los jardines botánicos lo escribió?, o ¿fue en casa después de una tarde de vuelta de uno de ellos?, ¿sería asiduo visitante, y servíanle de inspiración la copa frondosa de los árboles que allí viven?.
Pero cómo olvidar a Bárbara-Dulce María y su más bella novela lírica, Jardín. La novela que es un largo poema, tiene una protagonista solitaria que vive presa de sí misma en una casa del Vedado habanero. Bárbara esparce su soledad por un exuberante jardín que recorre a diario, y así va reflexionando y desarrollando la trama, hasta convertir a éste en otro personaje. Es su jardín quien la rodea, la escucha, la protege y la hace evadirse, al mismo tiempo que la invade cada día.
Por cierto, que hay una dama sentada en un banco que tiene un parecido espantoso con la hija del mambí, y que lee placida y sonriente un libro que no identifico. Podría ser el fantasma de la Loynaz, o de Bárbara, si personaje y autora son la misma persona, como hasta los críticos piensan
Y si Bárbara es tan real como su autora, su alma debe vagar por todos los jardines de la tierra. Si se tiene en cuenta que Dulce añoraba España, (tierra de sus antepasados, segunda patria suya), no es de extrañar que en las tardes de verano, su alma que vivió y vive en el Vedado, salga a pasear por los Madriles. A ella, que tanto le gustaba lo de antaño, no puede menos que comprobar que aquí, en el Real jardín, el tiempo está detenido, que no hay presente ni futuro, y que sus habitantes, el que más y el que menos tiene doscientos años. No supe ni sabré si alguna vez la gran poeta habanera visitó este jardín, pero si así fue, los árboles que un día miraron sus cansados y soñadores ojos, son los mismos que estoy mirando yo, y esta fantasma que se me antoja inventarme. Pero la falsa Bárbara esta ajena a todas mis elucubraciones, porque el libro la tiene absorbida y ensimismada.
(continuara, inconcluso)