domingo 26 de noviembre de 2006

LA CIUDAD DE LA NADA

LA CIUDAD DE LA NADA

Macondo: ciudad de los espejos o los espejismos según Gabo.

- Ninguna cuidad se parece a ésta- ,

Me ha dicho el visitante.

En los atardeceres dulces o amargos,

la roída fachada de edificios,

se sobrepone al duro desteñir

de la pintura añeja,

y emerge por sobre las olas,

colorida y brillante,

como un arcoiris,

después de tanta lluvia.

La ciudad de las nostalgias,

y de los nostálgicos que la habitan,

no es ya, ha dejado de ser.

Una parte de sí,

ha huido tras el recuerdo de lo que fue;

Mientras la otra se debate y resigna,

con esperanzas, de lo que sueña ser.

Y este existir entre la realidad y la fantasía,

la hace humana, luego ninfa,

hasta volverla diosa.

Y un día cualquiera, de no sé qué año,

te sorprendes adorando

la criatura de tu propio engendro.

Cuando te acercas a ella,

atraído por el influjo marino que despide.

Eres sólo, un soñador errante.

Pero, cuando te arrastras

a refugiarte en su seno,

sorbido violentamente,

por sus irremediables vahos afrodisíacos.

Eres ya, un perdedor,

un torpe enamorado de la nada.

- Ninguna ciudad se ama como a ésta- ,

Concluye el visitante,

y se marcha, alucinado.

NOCTURNO DE LA CIUDAD

NOCTURNO DE LA CIUDAD

Rosario de guirnaldas, la ciudad,

en las aciagas noches,

luce su mejor vestido.

Se sacude con el habitual

estallido de las nueve horas.

Y como para recordar a los piratas y corsarios

que nada ha cambiado;

La verás erguirse sobre cada cañón,

aunque la farsa perpetuada,

dure solo un instante.

El suficiente para que el corsario

se estremezca ante el miedo y la rabia,

del que toma lo que no es suyo.

Y corra a refugiarse en cualquier madriguera,

lupanar o rincón, de la bohemia ciudad.

Y emborrache su alma,

con buen vino y mujeres,

como todo pirata.

Mañana, despertaremos con menos inocencia,

y volverá, como a cada novena hora de la noche,

el recuerdo, azotando,

otra vez, la conciencia.

DEFINIR LA CIUDAD

DEFINIR LA CIUDAD

A Gerardo por sus sábanas blancas y su amor a la Habana.

Marítima tristeza de portales,

confabulada soledad de las aceras,

y allá, un poeta, que canta,

a la pulcritud de sus sábanas,

oreando en los balcones.

Taciturnos noctámbulos,

algo de proxenetas y de putas,

¿qué ciudad no les tiene?.

Pero un azul transparente, eso sí,

rumiando, susurrando, cada sueño,

fundido con salitre y caracola.

Un despertar del sol en las mañanas,

una amalgama de razas y colores.

Y atardeceres incomparables,

donde la luz no es más,

que el destellante reflejo del sol,

en cada lágrima.


LLANTO DE LA CUIDAD

LLANTO DE LA CUIDAD

La Habana llora de noche...(Canción popular).

La ciudad se defiende,

planta muros y fortalezas,

allende los mares.

Nada puede,

le surcan túneles,

le falla el ultimo cañón,

le asaltan forasteros.

La ciudad gime,

y es, el latido del mar,

el respirar bajo los túneles,

el sollozo frente al muro,

y un devenir de forasteros toda ella.

Lanza un grito en la noche,

cuenta su historia.

Ya sabe que más le valdrán,

el mar y el silencio,

para que escuche alguien su quejido.

Jardín Botánico

De cómo el Real Jardín Botánico de Madrid despierta las musas y la capacidad para soñar:

La idea de escribir un libro sobre los jardines era descabellada, tan loca que sólo podría ocurrírsele a Julio. Sin embargo, no recordaba que él hubiera escrito alguna vez sobre plantas, salvo aquella divertida intriga perpetrada en un museo para capturar neuróticos anónimos en “62. Modelo para armar”. Algo sobre parques y su continuidad, pero que las historias ocurriesen allí, no quiere decir que trataran de arborescencias y verdores.

Está claro que para escribir un libro el escribiente o escribidor, debe tener muy en cuenta una única premisa: “allí tienen que pasar cosas”. Pero... ¿Qué cosas pasan en un jardín?,¿A quién le interesan?,y sobre todo...¿Quién es el loco que las cuenta?.

Sin pensarlo más, un día se fue cuaderno en mano al jardín botánico y descubrió que allí pasaban cosas. Nada más traspasar la puerta olorosa del recinto vegetal, descubrió a los paseantes con esa cara de éxtasis, entre extraviados y juguetones, cómo sentíanse secretamente niños. Y es que...

¿Quién no se regresa a aquellos dulces tiempos de la inocencia, en los que todos tuvimos un muestrario con hojas secas para entregar al maestro?¿Quién no se siente aliviado del tráfico y la abrumadora monotonía de la cuidad, y se entrega otra vez a la curiosidad y el espanto de lo desconocido?.

No me negará usted que unos nombres como “celtis caucásica” o ”euonymus europeaus” pueden matar del susto a cualquiera. Lo único que queda claro es que son árboles del cáucaso y de Europa, respectivamente, pero poco más. Olvidado de su sofisticado nombre, lo que más le importa al visitante es que su sombra es mansa, de las que acarician mientras cobijan. Que son como una casa alta y ventilada, llena de habitaciones con balcones donde viven unos inquilinos alegres, que están todo el día cantando. Y que a pesar de ello, estos cantores habitantes tienen tiempo para cuidar de sus hijos, a quienes acomodan en unas confortables cunas, que han sido construidas con esfuerzo por ellos mismos de poquito en poquito, y de salir a buscar comida para alimentarles.

Lo laborioso y duro de ambas tareas, no les quita esa alegría que a muchos nos falta. Verles revolotear y oírles, ágiles y virtuosos, es toda una lección para ese ser supremo evolutivo que ha sido llamado lobo de sí mismo. Mientras, el hombre está cada día apesadumbrado y hostil, haciendo esas tareas tan universales como dar de comer a los hijos y conseguir sustento y vivienda, sin respetar a los seres que están por debajo de él (según Linneo). Por eso el batir de unas alas o el trino de un pequeño pajarillo está ahí para recordarle un mensaje que por importante está hasta en la Biblia. No lo escuchamos, nos da igual, o simplemente nos puede una incredulidad que es prepotencia, pero Dios (o alguien, o algo) nos provee.

Las gentes, las cosas; pasar, pasaban. Ahora mismo acababan de pasarle por detrás tres generaciones femeninas. Unas nenas con uniforme que acababan de salir de clases, y competían por alcanzar las ramas de un árbol. Seguíanles a unos metros sus mamás, que iban hablando de trabajo y otras banalidades. En dirección contraria aparecieron cuatro viejecitas, que charlaban más relajadas pues ya no estaban para saltar a tocar las ramas y tal vez ya habían aprendido que es bueno descansar y disfrutar de simples y cotidianos placeres, antes de hablar en domingo de la apremiante necesidad a de ir al súper a por leche, o de las malas pulgas del jefe (que vienen a ser lo mismo las dos cosas: un tema de leche).

Y claro, están los nostálgicos, esos que inconfundibles vienen a todo menos a ver los árboles. Les miras, te reconocen, están agazapados en un banco cualquiera, con la mirada puesta vaya usted a saber dónde y la mente lejanísima. De amores, de versos y sueños, les hierve cada poro. A veces se les ve reír o llorar, indistintamente.

Justo cuando pasó de largo por delante de uno de ellos, se encontró con un extraño lugar , con advertencia incluida:

AVISO: Esta estufa fría tiene un sistema de riego aéreo que puede ocasionarle algunas molestias cuando se pone en funcionamiento. Durante los segundos que dura, caerán pequeñas gotas de agua sobre los visitantes. Rogamos perdonen las molestias.

Este aviso se puede leer a la entrada de un húmedo habitáculo con orquídeas, lotos y nelumbos. Uno penetra feliz en el invernadero (o cámara húmeda o estufa fría o como le quieran llamar), y se siente extrañamente convidado a la fiesta de lo vegetal, de las flores exóticas, de las criaturas flotantes en verdes y musgosas aguas, de los helechos que están por allí rondando. Y ya está el conjuro en los labios del sorprendido: “que llueva, que llueva, la virgen de la cueva”. El intruso quiere que ya todo suceda, que se dispare el mecanismo, y caigan esas finísimas gotas que son la confirmación de que eres bien recibido allí. ¡Y mójese todo, y todos, que la fiesta de lo verde continúe!.

Sólo paseando y leyendo los nombres uno es consciente de las reminiscencias poéticas de éstos. El laurel es más lindo cuando le llaman “laurus nobilis”, y la malva, “hibiscos syriacus” o rosa de Siria. Lo que hace pensar que estos señores que ponían los nombres, debieron ser unos poetas que perdieron el rumbo, y que de estar encerrados en laboratorios e invernaderos acabaron por ser reos en pos de un sueño como en Babel.

Y que los poetas también son un poco botánicos, o sienten debilidad igual por las plantas. Y es que sólo mirando un frondoso “no sé qué”, que es un olmo, se puede entender la tristeza de Machado frente a un ejemplar seco.

Y delante de unos nelumbos, te invade la melancolía por el amor perdido o sin encontrar de la princesa que está presa en sus tules de Darío. ¿Dónde estaría el bardo sino en un jardín cualquiera cuando escribió que “están tristes las flores por la flor de la corte” ? Tantas veces extrañado ante el deseo tan científico como poético de “Oh, quién fuera hipsipilia que dejó la crisálida”, y aún desconcertado el lector, buscar un diccionario, y comprobar que Rubén solo quería ser ¡mariposa!

Se acuerda de muchos más que tuvieron ensoñaciones en jardines. Entre los contemporáneos y vivos está Benedetti. Tuvo que ser en un escenario así, donde el uruguayo escribiera aquel poema de un amor contrariado, una pareja de la que nada sabe, pero imagina que se está separando. ¿Pero en cuál de los jardines botánicos lo escribió?, o ¿fue en casa después de una tarde de vuelta de uno de ellos?, ¿sería asiduo visitante, y servíanle de inspiración la copa frondosa de los árboles que allí viven?.

Pero cómo olvidar a Bárbara-Dulce María y su más bella novela lírica, Jardín. La novela que es un largo poema, tiene una protagonista solitaria que vive presa de sí misma en una casa del Vedado habanero. Bárbara esparce su soledad por un exuberante jardín que recorre a diario, y así va reflexionando y desarrollando la trama, hasta convertir a éste en otro personaje. Es su jardín quien la rodea, la escucha, la protege y la hace evadirse, al mismo tiempo que la invade cada día.

Por cierto, que hay una dama sentada en un banco que tiene un parecido espantoso con la hija del mambí, y que lee placida y sonriente un libro que no identifico. Podría ser el fantasma de la Loynaz, o de Bárbara, si personaje y autora son la misma persona, como hasta los críticos piensan

Y si Bárbara es tan real como su autora, su alma debe vagar por todos los jardines de la tierra. Si se tiene en cuenta que Dulce añoraba España, (tierra de sus antepasados, segunda patria suya), no es de extrañar que en las tardes de verano, su alma que vivió y vive en el Vedado, salga a pasear por los Madriles. A ella, que tanto le gustaba lo de antaño, no puede menos que comprobar que aquí, en el Real jardín, el tiempo está detenido, que no hay presente ni futuro, y que sus habitantes, el que más y el que menos tiene doscientos años. No supe ni sabré si alguna vez la gran poeta habanera visitó este jardín, pero si así fue, los árboles que un día miraron sus cansados y soñadores ojos, son los mismos que estoy mirando yo, y esta fantasma que se me antoja inventarme. Pero la falsa Bárbara esta ajena a todas mis elucubraciones, porque el libro la tiene absorbida y ensimismada.

(continuara, inconcluso)

¡Mira que eres novelera, Freya!

¡Mira que eres novelera, Freya!

¿Cómo habría que empezar esta historia? Se habla de la importancia de las primeras palabras para impactar al lector y los críticos. Lo que llaman el golpe de efecto. Aquello que define para bien o mal el éxito literario. Unos con desmedida vanidad o virtuosismo reconocible prefieren esos comienzos cargados de poesía, enigmáticos y que poco tienen que ver con el libro, pero que quedan para la historia. Otros siguen su instinto, escriben lo primero que les viene a la mente y a veces consiguen ser también originales, con suerte pasan a la posteridad y consiguen el deseado y fiel lector que les recuerda.
Me hubiera gustado algo así como:”Era inevitable, el olor de las almendras amargas le recordaba el destino de los amores contrariados.”, pero eso ya lo había dicho Gabo en El amor en los tiempos aquellos. A mi también el olor de las picualas en flor me recordaba muchas veces a la abuela, como el de las maravillas o las brujitas.
¡Qué abuela más tierna y ocurrente tuve!. ¿Alguien vio alguna vez a la suya con uñas postizas?. El recuerdo es borroso, caprichosamente falso, edulcorado, novelesco. No puede fiarse nadie de la memoria, que es arma que usamos para escribir capítulos de esta original novela que es la vida. Pero yo recuerdo que cada vez que doblaba la esquina de camino a casa de los abuelos, había un olor dulzón y penetrante en la cerca del viejo carpintero Martín. Yo iba recogiendo con mi hermana racimos de aquellas florecillas bicolores y se las llevaba a mi abuela, entre las tres nos poníamos uñas blancas y rosadas. Creo que esto lo hacíamos las niñas, pero mi recuerdo miente y me pone delante a una abuela con uñas hechas por pétalos dulces de colores. De lo que si estoy segura es de que la idea nos la dio ella, lo que me hace pensar que la memoria no miente, sino que intuye. Estos juegos infantiles que nos enseñó quizá fueran los suyos con sus hermanas y amigas, o hasta con su abuela. Al fin y al cabo picualas hubo siempre, olerían igual, y las usarían las niñas para lo mismo.

domingo 12 de noviembre de 2006

“A RICITOS LA VOLVIÓ RUBIA EL DESAMOR”

Ricitos era una rubia teñida, con un alma cálida y morena. Cuando el sol daba en sus cabellos, que además estaban tratados con el cloro de la piscina, ellos parecían trigo joven y dorado manantial de oro. Por eso su apodo era apropiado aunque falto de autenticidad.
Era una chica sensible y con buenos modales, por eso nadie se cree que entrara en aquella casa y allanara la morada, durmiera en cama ajena, y comiera los alimentos que no habían sido preparados para ella, sin más ni más. Lo más difícil de creer era que la propiedad del inmueble perteneciera a una cándida familia de osos.
De cualquier forma si es cierto que era de una familia formada por una mamá, papá y nené, pero humanos, lo bastante malhumorados como para parecerse a un plantígrado cuando ataca a su presa.
La pobre chica sólo se había enamorado del nene oso, quiero decir de un humano más bestia que el teddy bear,
o yoghi, osos mitificados por la dulzona imagen de ese clásico que tanto veneno ha metido en los cerebros infantiles, el dibujo animado.
Se conocieron en un mercado público, intercambiaron miradas, en plena feria de las frutas, y ella sintió que debía y quería volver a verlo, así que le dio una cesta de frutas gratis y se ofreció para llevarlas semanalmente a casa, si así lo deseaban.
El rata del nene, con treinta años bien cumplidos, dijo que sí, pero que no pagaría nunca y ella, dijo:
Pues, venga, será cortesía de la casa. Pero solo por un mes. Después paga o le retiramos el servicio.
Y el nene pensó: “Pues comemos frutas gratis un mes y después si te he visto no me acuerdo”. Pero como es de esperar se calló tales y viles pensamientos.
Cada mañana y a escondidas de su jefe, ella preparaba las mejores frutas y se iba a entregarlas, a aquella casa de gandules. A veces ellos ni siquiera la esperaban,
dejaban la puerta abierta y ella dejaba la mercancía, o sea que ni las gracias le daban.
El único objetivo era encontrarse con el chico, pero el nunca estaba, la madre, el padre, la sirvienta o nadie, le recibían de mala gana, y le criticaban la calidad de sus manzanas, o la acritud de sus naranjas.
El desaliento se apoderó de la noble ricitos, que ya ni siquiera tenia ratos libres para ir a nadar, que era lo que más le gustaba hacer. Así que decidió ir el último día del mes, que era viernes, y como cada viernes no habría nadie en casa, y estaba la puerta abierta, para entrar sin frutas pero con el deseo y la rabia a flor de piel.
Entró sin miedo, como estaría allí esperando hasta que llegaran, se sirvió un refresco de la nevera, y encendió la tele. Nadie llegaba.
A la hora de la comida, se preparó una ensalada, y una tortilla de cebolla. Y lo hizo porque aquella gente habían

comido frutas a su cuenta por treinta interminables días en que ni siquiera le habían dado las gracias.
Ya cuando estaba a punto de marcharse, apareció el pequeño de casa, y ella volvió a sentir la punzada de la primera vez y quiso decir de todo, pero no dijo nada.
Él le abrazó, le conminó al lecho de sus padres, y ella cedió, vencida por tantos días de asedio. Hicieron un amor febril y juguetón, rompieron varias cosas, rodaron por el suelo, y volvieron a hacerlo una y otra vez sin percatarse del desastre.
Luego en las postrimerías de la pasión, el se levantó asustado, le dijo que se vistiera y no volviera más.
Aquí no ha pasado nada, ¿entendido?.
Y ella se mordió los labios para no gritar.
Él salió de casa primero, llevaba mucha prisa. Ella salió después y al regresar los padres, encontraron todo impregnado del aroma de una cesta de frutas recién frescas, y por supuesto supieron que era ella.
Así fue como empezó el “alguien ha comido en mi mesa”, “alguien ha dormido en mi cama”, etc, etc. Mientras, la pobre Ricitos, lloraba de amor y de rabia en su cama, donde también le dolía en la piel un amor que no habría de olvidar, y que se inmortalizó en un cuento, que hoy no se cree nadie.

A UN MARINERO AMOR

A uno que contó que soñó que iba en un barco y alternábamos poesía con amor.


Tal vez, hubiera estado mejor
el barco de tus sueños,
Porque ahora,
lo único que se le parece de esta espera,
es el ansia desesperada de tierra firme,
que tiene el marinero.

Epílogo verdadero:

Nunca más volvieron a verse. Salvo la noche del baile, en que fueron por un instante príncipe y doncella; y un soñador con alma de poeta les vio desde lejos.
La relación fue más que formal. Tomaron un par de copas, hablaron de temas generales, y poco más. A ella le pareció inteligente, o quiso verlo así. Al él le pareció una chica común y corriente, o no estaba de ánimos para verla de otra manera. Al pobre del poeta, le pareció que hacían una bonita pareja. Ella quiso volver a verlo, él no estaba para eso. Fue entonces cuando el narrador melancólico se inventó aquella sarta de mentiras, y nos contó la típica historia con final feliz, pues la verdad le pareció tan triste, tan triste..., que quiso consolarse mintiendo.
Desde aquel día, a todos nos parece más de lo que vemos, y todos mentimos un poco cada vez que hacemos el cuento. Y de mentira en mentira, nos consolamos todos.

Llop de mar. (Una habanera sin música )

A ventanas abiertas duerme el marinero,
toda la casa es una enorme barca.
Se cuela por ellas el mar, y le respira.
Más que dormir, sueña delirante,
cada noche volver a izar las velas,
zarpar,
partir,
surcar,
vivir,
... la mar.
Cuenta las olas, como el pastor ovejas.
Y las noches de insomnio,
son días que la tierra roba al mar.
Y es que la tierra no fue nunca para él,
prefiere las olas, meciéndole.
El azulísimo cielo confundirse,
con el azul intenso de los mares.
Siempre estará de paso, nada le ata.
Porque no hay ancla que sea tan fuerte,
para quedarse con nada ni con nadie.
Todo lo tiene y ¿a qué renunciar?,
Un hogar: el océano;
Una familia: en cada compañero;
Un suspiro: la brisa;
Una música: el viento;
Un sueño: nuevo puerto;
Un amor: su trabajo;
Una novia: la mar ;
Y una vida: El silencio.
Dichoso es,
Le felicito y le envidio,
El viejo lobo de mar está feliz.
Y yo...
que cambio toda mi soledad,
por un poco de mar.

Fábula de la bella durmiente.

Fábula de la bella durmiente.

(Una historia contada a la usanza de un cuento infantil)

Éste, no era un príncipe como el de los cuentos,
Éste era un príncipe irresponsable e infiel,
que iba despertando doncellas por el camino,
para dejarlas luego, despiadadamente
despiertas e indefensas ante el mundo.
Y ésta, tampoco era un doncella común,
pues estaba, profundamente dormida,
¡A estas alturas!
Luego de cada despertar, había vuelto a dormirse,
y esta vez, no sabía: si despertar para siempre,
o vivirlo todo, como en un lindo sueño.

Qué busca el marinero?

Mírame bien, ¿soy lo que buscas?
Te advierto, marinero:
Que soy a veces una tormenta,
un aguacero, una tempestuosa furia.
Que hay días en que ni yo misma me aguanto.
Que otros, soy mar en calma,
me rondan las gaviotas,
me meto dentro de una caracola,
y canto para ti.
Tengo peces de colores,
soy plateada, y la luz del sol
se me filtra por toda el alma,
cuando luminosamente te deseo.
Otras veces me vuelvo tan lunática,
que la loba que llevo fuera,
marca con unas garras terribles
la hermosura y le sangra,
visiblemente dentro.
Navegarme es osado,
pero también febril,
como estar vivos.
No hay líneas definidas,
mi rumbo es delirante.
Puedo perderme y reencontrarte,
o dejarte tan náufrago de mí,
que no nos sobreviva nada..
Después, seguramente,
habrás sentido el vértigo,
la sensación apasionada
del nauta que se arriesga.
Todo o nada, eso tendrás,
tendremos, al tocar puerto.

La últimas flores de Lina:

Ella no sólo amaba la poesía, sino que tenía el don de hacerla. Y al fin y al cabo, ¿qué fue su vida?, sino una melancólica y efímera poesía. Poema trágico que nos tiñó de rojo ya todos los amaneceres.
Fue un amanecer cuando trajeron la noticia a casa. Nunca podré olvidar que me faltó valor para lo necesario. ¿Cómo consolar a los que lloraban por ella?. Yo, que la lloraba como ellos, y que no tenía cómo consolarme a mi misma del espanto y la rabia que me dejó su muerte.
¿Quién quiso apagar su voz de arpa exquisita, de arrullo de agua dulce que aún suena en mis oídos? Su voz, que hablaba de esperanzas y de sueños, y de cambiar el mundo, y de llenar de amor cada rincón de él. ¿Qué fue de aquel canto eterno a la victoria que se quebró en quejido, también discreto y silencioso, sutil y refinado, como de arpa rota?.
Siempre me hablaba de no sé que poetisa atrevida, erótica y poco convencional para juntar política y amor. (¡vaya una mezcla!), que a las dos nos gustaba. Y de novelas de un autor favorito nacido en Macondo, por más que los biógrafos le situaran en Aracataca.
A veces me contaba cómo había hecho y debía yo hacer para dejar este puto vicio de fumar, porque me hacía mal. Yo hube de traicionarla, aquel postrer día, fumando como nunca, y hasta dejándole caladas a su hijo en el funeral; pero ella ya debe haberme perdonado. Aquello no era más que dolor, un dolor enorme que no podíamos, que no queríamos, y que no hemos podido soportar nunca.
Fue esta nuestra última conversación. La vi llegar la tarde antes, radiante a casa de sus hijos, con un ramo de gladiolos y una sonrisa. Certero suponer que nadie, ni siquiera ella, podría imaginar aquel horror del crimen unas horas después.
¿Acaso sabía que sonreía para siempre, y que eran los últimos gladiolos?
Fue una de esas terribles ironías del destino que al amanecer, cuando aún no estaba abierta la floristería, sólo las flores que ella misma compró, nos sacaran del apuro a todos. Así, que colocamos aquel ramo en su féretro. Aquella que fue minutos antes, su propia ofrenda a la vida, sería después su última y más digna dádiva a la muerte.
Ese día aprendí que habríamos de morir todos con las ganas de vivir que ella tenía, dando lo más hermoso siempre, aunque este mundo cabrón este lleno de asesinos y de víctimas.
Ella, que fue niña católica, se me confesaba atea a los cuarenta y cuatro años. Y yo, que por aquel entonces discutía acérrima con todos sobre arrepentimiento y resurrección, pensé que le habían quedado algunos segundos para la contrición. Dios tendrá que entender, que en medio de tanto dolor, y mientras la mataban a puño limpio, es casi imposible. Y si su mesura y bondad no fueron suficientes, aquella sonrisa y las ultimas flores tienen que haberle valido un pasaje para el cielo. Si no, mi Dios no existe. Y creo que además no era ella quien debía pedir perdón.¿A quién y por qué?
La muerte es siempre el más aciago recurso para las lágrimas y para el codo con codo que camina apretado hasta el lugar más frío del trópico: el cementerio. Había mucha gente que le lloraba, que se refugiaba en el pecho del otro, y que caminó tras ella hasta el mármol gélido y solitario donde dejaron su cuerpo, todavía caliente. No pude encontrar a nadie que la odiara, ni siquiera el canalla que la mató a golpes podría sentir odio por la mujer que más le amo en quince años.
El hijo de ambos, un mozo de catorce, lloraría para siempre las dos penas más amargas del mundo: Un padre que se podriría en la cárcel por veinte años, y que se podría para siempre en su corazón. Y una madre que no merecía la tortura ni la soledad de la muerte que aun le doler6ia en el cuerpo, y le dolería para siempre.
La Habana, 1995

Regio, o Regino?

Regio Vizcaíno despertó una mañana de sol con nuevo nombre, ya no era Regino Vizcaya, las circunstancias de sabe dios qué, le habían obligado a cambiar de identidad, y ahora era o quería ser un hombre nuevo, ni mejor ni peor, sólo diferente.
No estaba siendo perseguido, no huía de la justicia, ni de formación política alguna, ni de vengativos matones, en todo caso huía de su propio pasado, de una manera tan poco original, pero eficaz. Hoy el señor Vizcaíno, que hasta tenía nuevo loock, era feliz, porque había firmado aquel extraño contrato, en el que el arriba reunido no era el abajo firmante, o sí lo era, pero sonaba distinto.
El mundo a sus 36 años era un regalo, un “lo tomas o lo dejas” y él lo tomaba todo, sin remilgos. Aprendió a mentir y a sentir por pura inercia, y esto era según cómo, una ventaja para la vida desordenada y hasta libertina que llevaba. Amaba esa libertad señorial que le había hecho ser una suerte de animal solitario, indomable y salvaje en medio de una fauna de amantes, conocidos y amigos disímiles. ¿Por qué no decirlo?: Regio era feliz, espléndidamente feliz, soberano y dueño de su mundo, inventado a su medida, por lo que al escoger nuevo nombre, sentíase completado, desbordado, nada podía echar a perder este momento.
Ahora la correspondencia llegaba a casa, con aquella caricatura mejorada de su antiguo nombre. Aquel era pueblerino, común, y hasta aburrido decirlo en público. El de ahora era más de ciudad, adaptado a los nuevos tiempos, distinguido y con clase; había sido una buena idea aquel cambio.
No era el único cambio que había sufrido en su corta pero intensa vida, sino uno más de los tantos. A los 16 años se había ido de su pueblo natal, su país de origen para vivir en un continente nuevo, una urbe deslumbrante y superpoblada y había decidido cambiar aquel aspecto de chico noble y sin refinadas maneras, por el de todo un señor de cuidad, empresario muy bien relacionado y emigrante más que adaptado y adoptado por el nuevo entorno.
Sus nuevas maneras de hombre de mundo, casi femeninas, más que alejarlo de ese ideal seductor que sueña cada mujer, lo habían hecho converger con él. Era un dandi solitario y atractivo, irresistible y con los encantos más íntimos. No era extraño su éxito, lo había trabajado hasta el límite y además cultivaba sus palabras, para que fueran lo más cultas e inteligentes posible, rezumaba credibilidad y soltura, y era eso lo que pretendió toda la vida para considerarse un hombre feliz. Una sola cosa no calculó Regio, el amor no estaba en sus planes.
Había tenido muchas amantes, pero con el esporádico compromiso de pasarlo bien, sin otra intención, y ni una sola le falló. Todas daban lo que él quería, y recibían resignadas lo único que él podía y sabía darles, un poco de placer, o a veces más, pero nunca ese sentimiento poderoso que es el amor, porque no quería ni sabía darlo, y esta incapacidad lo guardó durante años de tan arriesgada aventura. Era un soldado que iba a las batallas justas, y sólo si sabía que no perdería si se presentaba. Sus victorias estaban cantadas, y si no era seguro, lo mejor era la clásica retirada.
Tal vez fuera por aquello que dicen algunos tratados de psicología, con cierta razón. La primera vez siempre te marca. Y la primera vez que hizo el amor no ofrecía otra posibilidad, había que ir al grano. Su tío lo llevó a una casa de putas y por una módica suma, pudo desahogar rápida y torpemente, aquel torrente de sus catorce escasos años, y su miedo a lo desconocido quedó reducido a una experiencia sexual sin otro sentido que el desahogo. Regio Vizcaíno jamás se liberaría del fantasma de su primer orgasmo mal remunerado, por eso el resto su vida hizo lo mismo con los orgasmos de los otros: dejarles solos, hacerles sentirse indefensos, cerrar los ojos para no verse a sí mismo necesitando un abrazo que nunca le dieron.
De todas formas, era un buen tipo, quería y se dejaba querer (tenía sus flaquezas), y no había conseguido del todo hacerse invulnerable al amor, pero seguiría prefiriendo el riesgo y la aventura durante algún tiempo. Lo de cupido podía esperar, siempre que aquella legión de amantes de turno, le siguiera ayudando con el paliativo de sucedáneos tales como el placer por el placer, la complicidad de los infieles, o simplemente un poco de cariño. Era un ser con una necesidad de afecto increíble, pero se escondía tras la máscara del casanovas seductor, por puros y duros mecanismos de defensa.
Lo malo era toparse por la vida con una de aquellas pajaritas asustadas, almas gemelas de la suya, que gimoteaba después del amor, y pedía abrazos y besos, y le pegaba la paliza toda la noche. Entonces él le soltaba el rollo de respetar al otro, de su necesidad de disfrutar a plenitud el momento, y recargarse, pues estaba totalmente vacío de energía, y cerraba los ojos, como siempre.
Pero el día que conoció a Virtudes Casals, se acabaron para siempre sus tiránicos post-coitos, porque fue ella, minutos antes de que él con la premeditación acostumbrada cerrara los ojos, quien se quedó profundamente dormida. El desamparo se fue pareciendo a aquella punzada en el estómago de los adolescentes, y Regio encontró en Virtudes a la mujer distinta que todos buscamos, y quiso despertarla y volver a hacerle el amor una y otra vez, hasta dejarla rendida de cualquier otra cosa que no fuera sueño. Pero Virtudes estaba casada y cansada, tenía dos hijos, había trabajado todo el día, y en casa la esperaba su marido creyendo que estaba cenando con sus amigas. Así que la pulcra señora, se dio una ducha para desperezarse, se arregló la rubia e impecable melena, y bajó de prisa a su coche para volver a casa. Olvidó el beso de despedida, o mejor dicho, dejó de dárselo por pura vergüenza. Sentíase culpable, confundida, y no se le ocurrió otra cosa que cerrar los ojos un momento, para después salir corriendo. Exactamente esto mismo le había pasado a la señorita Casals, hacía 20 años, cuando se despidió de su virginidad, en una pensión solitaria, con un chico torpe pero enamorado. Una vez más se demuestra que tarde o temprano, todos los seres humanos, más o menos normales, repetimos el cuadro psicológico de la primera vez, para bien o para mal, inevitablemente.

Milán Kundera

Milán Kundera: La soportable no levedad de un ser y la grandeza de un escritor.

Aún está vivo, me gustaría conocerlo. No quisiera que se me escapara la otra K de Bohemia. Dos grandes K han nacido en tierras checas: Franz Kafka, ese escritor descomunal, insomne, huesudo, con una inteligencia narrativa tan grande como sus frustraciones personales y sentimentales. Y Milán Kundera, tan inteligente como exquisito, tan lejano como cerca le sientes en sus libros.
¿Es Kundera un escritor de culto?. Culto es, y versátil, sutilísimo, con ese toque sarcástico-filosófico, que es un sello que imprime desde la primera cuartilla a cualquier obra suya. En realidad, esta K nació cerca de Praga, en Brno, pero vivió mucho tiempo allí donde la otra. Milán es europeo pero es checo, chequísimo, como los grandes checos, (no olvidemos al poeta Rilke, otro grande de por esos lares). Aunque él siempre prefiere ser bohemio, un gentilicio que luego adoptó una acepción diferente, pero que aún usan los checos para sí mismos, con todo derecho.
Un escritor que se pone a sí mismo de personaje, con nombre y apellidos, o a veces con referencias a su obra ya escrita, o hasta con el nombre con el que le llaman cariñosamente su mujer y su madre: MILANKU; es alguien cercano, familiar, que te trata como a un cómplice o un amigo, que te deja entrar en su mundo.
Pero, ojo: su mundo es todo un universo de conocimientos, pasando por referencias históricas bien documentadas, amplios recorridos por la literatura universal y las artes en general. Mención especial para su pasión por la música, reflexiones filosóficas, y una cuidadosa autopsia del alma humana. Nuestras miserias, sobre todo, se someten al bisturí literario de un cirujano de lujo. A veces, tórnase carnicero que descuartiza con zarpazos impíos. Otras, meticuloso y con bondades de curandero viejo y experimentado, no tiene más que abrir con mano firme un orificio, y asoma toda ella, emerge de su pluma, la humanidad entera.
Los personajes de Milán Kundera son complejos, contradictorios, y poderosamente humanos. Muchas veces sentimos que somos nosotros mismos a quienes aquí se describe. Podría ser que te veas en aquel jefe impertinente y canalla, aquella chica que nos asedia, la esposa fiel o infiel, el amigo cercano o traidor.
En fin, de esta cabeza cana sale la realidad a borbotones, y como manda el canon de la novela, te los crees aunque a veces te resistas. Defensor acérrimo de la novela, su tradición y su historia, se declara cervantino, rabelesiano, algo menos balzaquiano, y kafkiano, pero sin gustarle el calificativo.
Milán te enamora desde la primera cuartilla. Con ese sentimiento de amor-odio que escuché decir a una escritora catalana: Mercedes, (de quien, sólo recuerdo su nombre, y su teoría, que ya es bastante para que no digan que le copio). Mercedes cuenta que cada vez que lee algo suyo le pasa lo mismo. Le siente tan arrogante, tan desde el podium, apuntando con el dedo a los demás, que ella acaba por odiarlo, pero que luego le ama como un hijo prodigo de la novela que es y somos todos.
Por eso, el lector de Milán se jura a sí mismo que no volverá a leer un libro suyo, que ya está bien de sermones, de alardes de cultura universal, de hurgar en su propia y miserable humanidad. Y otra vez el mentiroso y fiel lector claudica, baja banderas y persigue por las estanterías la letra K, (que siempre está rodeada de otras delicias), y se lleva dos de golpe.

miércoles 8 de noviembre de 2006

Vuelvas a la hora que vuelvas, serás tuyo.

Tu espalda, tu guitarra, tus silencios
Tu torre de babel, tus soledades,
El muro que separa tus misterios,
El cofre donde guardas tus verdades.

Tus marcas de jugar, dulces trofeos,
Las canciones, los libros y los besos,
El fuego que no arde, tus fideos,
Los domingos de fútbol, los excesos.

El insomnio febril, la bocanada,
Tu voz contando cada desencuentro,
Tu suerte de burlar la madrugada,
El humo aquel que se me mete dentro.

Tus miedos que te rondan y te advierten,
Tus años, la experiencia que te avisa,
Los juegos de rol que te divierten,
Mis reproches que no, como mi prisa.

Tu sonrisa, tus ojos, y tus manos,
Que llueven aguaceros en mi cuerpo,
Tu nariz que me tienta a lo profano,
Y ese viril saber que no estás muerto.

Tu teléfono que suena desde lejos,
Tus despertares que cuestan trabajo,
Tus desordenes, tus platos, tus espejos,
Tu libertad defendida a destajo.

Todo lo que no tuve o lo que tengo
Me duelen porque sé que no vendrás,
Me aguanto, fumo, lloro, me contengo,
Y escribo lo que nunca entenderás.

EL PASADO

El pasado, es un niño travieso y testarudo,
que duerme a nuestra vera,
en cualquier recodo olvidado del camino.

No oses despertarle,
porque corres el riesgo,
de ir de su mano, soñoliento y a oscuras,
arrasando con todo lo que encuentra a su paso.

Y te puede asustar,
tanta belleza hecha añicos.
Y te puede pesar,
todo el tiempo, que no tendrás ya,
para recomponerla.

ALAS

¡Que extraño!, que mientras a algunos,
nos corten las alas.
A otros les crezcan,
grandes, altas, cobijantes.

Y así, bajo la sombra de las tuyas,
todo parezca todavía,
tan limpio y puro, como antes.

¿Y a ti?, El de las alas anchas y extendidas,
siempre dispuestas a volar.
¿te alcanzan para dos?.

Injerta en mí, al menos,
la mitad de las tuyas.
Para que así, aunque las sepa postizas,
y no me sirvan para volar;
luzca al mundo, menos vano y vacío,
este cuerpo, sin alas, y sin sueños.

INCONCLUSO

Una mariposa de alas blancas,
con una fragancia capaz,
de inundarme cada poro de amor.
Sabe que va a morir.

Y ahí está, con sus pétalos a medio abrir,
sin mas futuro que la muerte,
incierta, que le espera.....

LABERINTO

Cuando empezabas a dar
los primeros pasos,
en el laberinto de mi corazón,
alguien ya estaba perdido
Pero la luz del crepúsculo tras una rendija,
le hizo encontrar una salida,
y se fue con el alba,
para no volver.

¿Por qué será que mi amor,
les pierde, tan sólo fugazmente?

Cuando me percaté de ti,
ya te adentrabas, cada vez más,
en estos recovecos misteriosos,
en que ahora estás perdido.
Por eso todos los días te cuido del sol,
me ocupo de tapar con cuidado toda rendija,
para que no te vayas con el alba,
y te quedes conmigo.

Mientras me quede amor,
tendré fuerzas para tapar rendijas.
Pero si un día hay alguien a la entrada,
y descuido de ellas, sé que te irás.
Ahora, sólo espero que des vueltas en vano,
hasta que te canses de buscar rendijas,
no puedas encontrar salida, y me ames.

UNA ORACIÓN POR EL ABUELO

Y el abuelo de los sueños incontables,
de las grandes empresas,
y el derroche de optimismo,
¿dónde está?

Y el abuelo, que amaba la alegría,
que no puso reparos
en agotar su cuota de esperanzas,
y fabricarnos quimeras, tras quimeras,
¿a dónde ha ido a parar?.

Si hay Dios, si es que todo lo puedes:
Donde quiera que esté,
consuela sus tristezas,
su errante vagar por la eternidad.
Alienta las ilusiones que ha llevado consigo,
tan perdurables, como el amor que siempre nos tuvo.

Concédeme la fuerza, para que mientras viva,
no olvide su mirada,
su voz inextinguible,
su pródiga ternura, para con los demás.

Dame latente su recuerdo,
para que después de muerta,
no olvide que hay una sonrisa,
capaz de vencer, la peor de las angustias.

S.O.S

S.O.S

Se necesita:

Un vuelo de gaviotas,
que surque el horizonte,
para llenar con alas,
azules, las mañanas.

Un canto de gorriones,
para ponerle música
al sopor del mediodía.

Perfume de jazmines,
que vuelva respirable,
el aire de las tardes.

Racimos de cocuyos,
que enciendan en lo oscuro,
de la noche, una antorcha.

Hombres durmiendo en paz,
para colmar de sueños
y dulces esperanzas,
las frías madrugadas.

Es urgente, por favor,
el mundo está colgado,
del ala de una mariposa.

Versión libre

(Otra vez, la realidad cambiada, echando a perder el cuento)

Cenicienta, nunca se enamoró de un príncipe.
Esto no sólo es falso,
Sino que carece de sentido.
Los cuentos de los niños, casi siempre,
son versiones libres
de una realidad
que les supera.
El chico alto y guapo
del cuento, era zapatero.
Dos cosas bastaron para el flechazo.
Una: que él le acariciase el pie,
con la ternura y la gracia
de toda una generación
conocedora de un oficio ancestral.
Dos: que a la mañana siguiente,
ella decidiera comprar unos zapatos,
y él le enviara la medida perfecta.
Sus manos: las de él.
Sus pies: los de ella.
Hicieron el milagro.

Y lo demás es ñoñería
de cuentos para niños,
inventados por adultos
sin mucha fantasía.

miércoles 1 de noviembre de 2006

Las gaviotas y el alma

Alguien me contó que no se puede matar una gaviota, pues cada una de ellas que te sobrevuela, lleva consigo el alma errante de un marinero. Bonita manera de reencarnarse para una más que apasionante manera de vivir.
Yo hubiera querido en otra vida terrenal ser marinero. Pero, ahora que lo pienso es que también hubiera querido volar, flotar sobre las aguas, codearme por igual con los peces y los barcos, anunciar la cercanía de tierra o mar a los viajeros de todas latitudes. La vida reencarnada de un marinero: ser gaviota, es aún mejor recompensa para un sueño.
Ahora le pido a Dios que se haga el tonto, que no me tenga en cuenta profesión u oficio, que pase gato por liebre, y envíe mi alma a vagar por cada puerto, con unas alas grises y anchas. Porque esa sensación de planear cortando el viento, muy alto o tan bajito, a ras de cielo o mar, es lo mejor que puede pasarle a un alma. Al menos una como la mía, que ha sido soñadora, peregrina e insatisfecha, por demás.
Aquí en el muelle hay una gaviota que pica a todas, y no deja que nadie se le acerque. Ni palomas, ni gaviotas, ni una que no se alimenta de semillitas de arroz crudas, que soy yo. Esta debe llevar el alma de un viejo y huraño capitán, solitario y gruñón, que más de una pelea debe haber tenido a bordo, por comida, por mujeres, o por cualquier otra cosa.¡Si es que ni reencarnado, va usted a cambiar!
Y aquella otra de allí, tan grande y vieja, pacífica y también solitaria, que ni a los peces perturba. ¿Qué marinero buenazo le habrá legado el alma?. Será de esos cuerpotes mansos y callados, que limpian en cubierta y a quien todos ignoran, o gritan o le mandan, pero él ni caso.
Si esto es así, ¿te imaginas que los literarios espectros, también tiene su alma voladora?.¿Cómo será la que lleva el alma de Hemingway o Conrad, Mellvitge o Stevenson? Y pensar que aún están por ahí, observándonos, respirando aire de mar, dándose su chapuzoncito de vez en cuando. Y que cualquiera de estas, blancas y chillonas, puede ser uno de ellos (¡qué alegría!), que espía a ese lector cómplice, amigo, con un libro de vaya usted a saber (cualquiera de ellos), entre sus manos.
¡Ah, viejo pícaro! Shackletton, que te he visto. Esto no es la Antártica, ni Inglaterra, ¿tú que haces por aquí?. Sigues igual de tenaz y testarudo. Si estas gaviotas extraviaran el rumbo, tú les sacarías hasta del mismo infierno. Algunos de tus hombres, salvados de entre el hielo, hoy te siguen tan fieles y agradecidos, por mares del trópico, más cálidos, ¿menos peligrosos? Yo me iría contigo, se está tan seguro a tu lado. ¡Salud capitán!
¡Ah, no! Esta triste gaviota que está en tierra, y mira a las otras como si estuviera presa, como si no la dejaran ir al mar, yo sé el alma de poeta que le canta en el pecho de quién es. Hoy Alberti sueña y vuela sus canciones de mar en cuerpo de gaviota.¿quién si no?. ¡Espera, Rafael!, que te doy un empujoncito y te echo a la mar, a ver si sigues el sol, y cabalgas ese caballo azul (¿como preguntabas quién, ya ves, siendo tú?, con paráfrasis poética). Anda, déjate llevar a tu Cádiz, la tacita, Puerto de Santa María, flotando en cuerpo invencible de gaviota.¡Vaya un par de alas!¡Venga, vuela! Y no dejes que se equivoquen las palomas.
Y visto lo visto, habrá gaviotas que porten el alma de algún héroe legendario. Porque esta que va de aquí a allá, con cara de eterna viajera y perfil griego es de Ítaca, seguro. Ulises, el gran navegante, menos mal que sigues viajando por estos mares de nadie. O de todos, mira cuántos somos hoy aquí reunidos, en torno a un mismo sueño.
Entonces, aquella que está empeñada en pescar un pez enorme y bravo, ¿será la del viejo de Cojímar?, que no se cansa y lucha reencarnado con fuerza de titán blanco-grisáceo. ¡Menudos picotazos da por bandas! Diestra y siniestra de viejo y sabio pescador.
Yo sabré el día en que llegue una gaviota tácita, silenciosa, pero valiente y noble como ninguna. Para estos días, que aunque el ser que legará su alma, los tiene contados, yo creo que serán muy lejanos aún, y se le irán de la cuenta), ojalá sea yo también una gaviota ya. Pero en el cuerpo que sea podré y podremos reconocer quienes somos, y espero y deseo que conservemos aquello que no supimos hacer brotar, y nos amemos en no sé que playa, pico a pico, de igual a igual, eternos y felices.

sábado 28 de octubre de 2006

LA VERDAD DE LAS COSAS

A Cenicienta, la verdad, no le gustaba estar todo el día entre el polvo y la suciedad, sobre todo porque era alérgica, y aquella coriza no la abandonaba nunca, ni siquiera en la noche del baile. Por eso, cuando el hada madrina le habló del tema, sintió un poco de miedo, pero estaba ya convencida de que debía procurarse una forma de salir de todo aquello. ¡Y no era para menos!, ¿A quién le iba a agradar estar entre aquellas brujas?, gritándole y maltratándola a cada error suyo. ¡Y para colmo!, después de estar todo el día cocinando, sacudiendo y limpiando entre estornudos, tener que irse a dormir al húmedo y frío desván, por eso cada mañana amanecía peor del asma.
El hada le habló claro desde el principio, le dijo que no era fácil conseguir un príncipe, pues no se haya uno a la vuelta de la esquina como en los cuentos. Y mucho menos uno que consiguiera juntar tantas virtudes, porque lo más común es que el que es apuesto, no sea inteligente, o el que tenga oro y buen castillo, no tenga ni cuerpo ni cara con que llenar tan bellos trajes.
Tuvo que pasar noches enteras aprendiendo a andar con elegancia, y a caminar con zapatos de cristal, ¡que es lo más difícil!, porque no en balde al salir del palacio, las escaleras le traicionaron, y largó uno de ellos, además de torcerse un pie, lo cual no aparece en el cuento, nadie sabe por qué.
Hasta que el día fijado por las dos, y como dice la historia: en una calabaza, único detalle auténtico del cuento, pues de verdad las hadas de la época no poseían otros medios de transportación, ella se fue dispuesta a todo al baile de su suerte, con un traje que siempre había deseado vestir y los zapatos de ensueño que veía en las vidrieras y nunca pudo tener. Por eso se le notaba aquella extraña sonrisa en el rostro, como de ... anhelo recién cumplido ... al fin.
Ella estaba feliz, y su buen ánimo también le ayudó, todo el que la invitó a bailar fue complacido, y para todos tuvo sonrisas y cara de doncella en busca de compromiso nupcial, hasta que llegó el que el hada con un guiño de ojos le tenía reservado, y con éste se esmeró en atenciones. Nada de amor a primera vista, sino mesura y premeditación, buenas maneras aprendidas y muchos, muchos deseos de terminar con la angustiosa crisis de asma y coriza que ya le empezaba, a causa del mucho perfume que le pusiera el hada en las mejillas antes de salir, aquel desván al que no quería regresar, y el plumero que ya no podía ni ver un día más.
Con todo en la mente, no reparó en el príncipe que era de verdad más que apuesto, y que hablaba con soltura, elegancia e inteligencia, algo poco común en los de la sala, y a quien el traje le sentaba muy bien.
Sólo después, cuando se inició aquella campaña por todo el pueblo en busca del otro zapato y de su dueña, lo cual fue otra suerte, porque ésta era la medida estándar de las jóvenes de la época y a cualquiera pudo haberle servido antes de llegar a ella; se fijó más en los ojos del joven y en la manera de actuar como todo un caballero, y esto le gustó, sin que pueda decirse que fuera amor, y sí, el comienzo de una atracción a causa de tan limpia y penetrante mirada, mientras le probaba el zapato. Y de sus dedos, le estremeció aquella caricia mínima, que nadie advirtió, sólo ella, por debajo de las plantas, y que le llegó a las mejillas convertida en rubor, lo que si puede haber sido el germen de lo que sintió después.
Cuando le besó en medio de todos y del asombro de las brujas, a quienes casi revienta de envidias, y le tomó del brazo pasando por toda la plaza pública hasta llegar a palacio, donde los guardas y criados le esperaban con ceremonial reverencia, y convocó al silencio para anunciar que la tomaría por esposa, entonces, ya estaba profundamente rendida de amor. Concuerdan pues, el final de esta historia y aquella cuando dice: " y los dos se casaron y fueron muy felices”, porque al fin y al cabo, no hay historia de niños que no termine igual.

jueves 14 de mayo, 1998

Leyenda de una criatura de isla

Cuenta la leyenda que una criatura de isla, con tendencia a la melancolía y con más sueños que realidades en su cabeza, quiso un día cruzar el océano soñado. La criatura sentía una atracción por todo lo que viniera del mar, incluido los marineros, las puestas de sol, y las gaviotas.
Pero aquel marinero no venía del mar sino de las montañas. El capitán y la marítima mitómana tuvieron un romance, efímero y convulso como las aguas de ese mar, que al acercarles sólo pudo separarles más.
Desde entonces, los dioses hicieron pública una verdad tan grande como el mar. Nunca serán felices una criatura como ésta, con pretensiones que estén fuera de la tierra y sueños escurridizos; y un hombre de las azules aguas nacido entre montañas, pero con las ideas claras desde que nació. Porque sus mundos son distintos, sus destinos se cruzan separados, y nada podría torcer la voluntad divina.
Desde entonces la tan soñante criatura sigue y seguirá amando el mar, añorará la tierra desde la que un día partió, y buscará el amor de un marino valiente, sin tenerlo. Será condenada a vivir entre montañas, y la soledad le colmará las noches de insomnio.
A aquel que tuvo la fuerza de cambiar su verde paisaje, por uno azul intenso, pero fue siempre fiel a él; le será concedida la suerte de dormir con las olas, ver las puestas de sol más sublimes y tener compañía de gaviotas. Y aunque él, escéptico y solitario, no lo crea: un día encontrará el amor de alguna criatura menos rara que la infeliz traidora.

CONSEJOS PARA EL QUE VA POR UNA CUIDAD QUE NO ES LA SUYA Y SE SIENTE SOLO.

Pasear por una ciudad que no te pertenece, tiene sus encantos y sus mañas. La gente es como es, es diferente, no trates de cambiarla.
Pero las calles, los muros, los conocidos arcos del triunfo, tienen un historia común, sudores y sangres de la misma composición que la tuya recuerdos que más o menos se parecen.
Los bares son también lo mismo. Si te pides un té, un cortado, o simplemente un café, será igual estés donde estés, y hasta te cobraran casi lo mismo, al cambio por supuesto.
Los parques y las plazas serán gemelos de los de tu ciudad, respiraras un aire parecido, sonreirán los niños como siempre, los perros liaran lo suyo en los árboles, las aves revolotearan a tu alrededor, y los abuelos entre distraídos y absortos, vetan correr a los nietos, sostendrán en una mano la correa del perro, e intentarán dar de comer a las palomas con un poco de arroz y de nostalgia en la otra mano.
Si buscas el mar, verás la gran masa azul, tan insondable y perenne desde que el mundo es mundo. No hallaras nada distinto, el inmenso mar es eso, la vieja composición de hidrogeno y oxigeno combinados dos a uno, que estará quieta o voluble según el día, fría o cálida según el tiempo, y esto es así en todos los mares y todas las ciudades.
Resumiendo, nada cambia, también tú eres el mismo, digas lo que digas, hagas lo que hagas, vengas de donde vengas. Y de nada te sirve querer estar en La Habana o en cualquier otro sitio porque estás en Barcelona y eres, uno más entre la gente.

ASIA ESTA JUGANDO AL FUTURO.

Hoy he visto una niña preciosa dentro de la tienda. Estaba jugando con su padre a que ella era su madre. Me ha encantado ver aquella pequeña, por entre las perchas, gritando:
- Hijo, hijo mío, ¿donde estás?
Su padre le daba rienda suelta, y se escondía risueño para gritar detrás de una camisa.
- Acá estoy mamá, que momento he pasado, no te encontraba.
La niña tenia ojos azules y pelo rubio, una piel blanca y carita de ángel, pero además de tan bella apariencia, lo mejor era su nombre. Su padre le llamó:
- Asia, “cha” está bien, dejá de jugar.
Es un nombre precioso y he querido conocerla; por el acento de su padre, intenté la pregunta:
- ¿Asia, eres argentina?, yo soy cubana.
- No – ha dicho su padre – “cho” soy argentino, su madre es catalana y ella....
- Y yo soy normal – gritó ella, cortando aquella lista tonta de nacionalidades.
Parece que decir de donde éramos todos, le pareció sin sentido, “anormal”, a una niña como ella, con nombre tan genial, con sangre transatláclica e intercontinental, y mente extemporánea, que jugaba a ser la madre de su padre entre perchas de ropa.
- Sí, - le dije – tú eres normal, los anormales somos los demás.
Pensé en estos momentos y otros terribles de la historia, en que los hombres se matan entre sí a nacionalismo absurdo y limpiezas étnicas, que no sé a donde nos llevarán.
Pensé en los niños de ahora, niños como Asia, hijos de padres tan diferentes, nacidos en países donde han sido empujados, o asentados voluntariamente por este fenómeno del siglo XX que llaman globalización, que hablan tantos idiomas y no tienen claro de donde son y solo quieren ser “normales”.
Y pensé también, en que cuando sean padres, o madres, como en el juego inocente de Asia, tal vez no puedan arremeter contra otras naciones, porque la sangre de sus venas se sentiría traicionada.
Y a pesar de tanta guerra y tanto conflicto de hoy, quise consolarme y pensar en un futuro mejor, en una patria de todos, en un mundo en paz, y en individuos “normales”, poblándolo.

¿Tendrás tiempo? (Retrato de una mujer y su soledad).

Marta hace lo que sea por tener companía. A ella le gusta que le pongan los rolos, y que se los quiten. Va al baño tantas veces que su esfinter se cansa de intentar lo imposible. Se come más manzanas de las que debiera, sólo porque alguien venga y se las pele. Pide que le corten las uñas de pies y manos. Y reserva turno para el peluquero cada semana.
¡Maldita soledad que nunca la abandona!. La lleva pegada al rostro. Es ella la que pela sus manzanas cuando no hay nadie cerca. Es ella la que le juega malas pasadas a su esfinter. ¿pero por qué, si acabo de ir justo ahora al lavabo?.
Marta vive en un hogar de ancianos. Tiene su propio apartamento, un espacio cómodo, bonito y funcional, pero al que le falta vida. Nadie con quien hablar, comentar la tele, salir a dar una vuelta y tomar el aire. ¡Es duro! Nunca se imagina uno algo así, cuando se es joven.
Por supuesto que ella tiene su familia, pero no tienen tiempo de venir de visita tan a menudo. Sus dos hijos y varios nietos, tienen su propia vida, su trabajo, sus amigos. Una vez al mes vienen a verla. Y es tan bonito recibir flores y chucherias. Pero se va el tiempo tan rápido…Una media hora y ya todos desparacen. Nunca se acuerda de lo que les queria contar. Tan pronto se han marchado le viene todo a la mente. La próxima visita se le olvida todo otra vez.
Hace treinta años trabajaba en un pequeño comercio cerca de casa. Allí se vendían bebidas y licores. Siempre estaba rodeada de gente, mucho movimiento diario. ¡Qué de clientes!. Algunos viejos borrachines del barrio, que siempre eran amables y la trataban con respeto. Ella se sentía alguien, ellos le hacían sentir importante.
Después del trabajo volvía a casa, por el camino que bordeaba la playa. ¡Qué olor el del mar! ¡Qué maravilla, qué suerte la de ella!, pensaba. Tendrían que haber visto qué bella casa tenía con vistas al mar, allí en Högänas. Ademas tenía el jardín más hermoso de todo el barrio. Se dedicaba a ello con tanta pasión, que no habia mayor recompensa que los cumplidos de los vecinos al pasar.
En casa siempre habia invitados. Ella se jactaba de ser una maravillosa cocinera. ¡Y lo era!. Ahora se cuestiona si los huéspedes venían por su comida o por su compañía. Porque si fuera lo segundo, ¿por qué ya nadie viene a vistarla?. ¡Qué tonterias piensa! La única verdad es que la mayoría de sus conocidos ya se han ido. Como su marido que tuvo suerte y se murió a tiempo, y se libró de mudarse a este infierno. A veces nuestro destino nos traiciona a nosotros mismos. ¡Así es la vida!.
Cuando llego a repartir su medicina, siempre me dice la señora: ¿Tendrás tiempo?. Es eso precisamente lo que no tengo, ella sabe cómo es mi trabajo. De todas formas, procuro quedarme un rato. Ella quiere cualquier cosa, lo sé, pero ¿qué mas dá?. Por ejemplo, esta noche me pide su habitual copita de Martini.
Cuando ya he cerrado la puerta, tengo sólo una pregunta recurrente en la mente: ¿Tiempo para qué?. Lo que realmente quiere Marta es echar a patadas a esa intrusa inoportuna. Pero la soledad, esa persistente y nunca deseada visitante, no se quiere ir de su lado, por más que cada dia lo intente y le espante con todas sus fuerzas.

sábado 21 de octubre de 2006

Recuerdos de cuando yo era.....

Me acuerdo de cuando era un libro. Lo que mas me gustaba era que me llevaran a todas partes. El lavabo, la cama, el parque, la mesa, el tren... Mi propietario o lector eventual, me abría con orgullo, en todos los sitios.
En el tren, a veces, el que estaba cerca, también me miraba, y husmeaba en mis páginas, con curiosidad, mohín, o una cierta complicidad. Hasta podía ver su sonrisa emergente, o el fruncir de unas cejas. Entonces, yo sabía que estas personas me habían leído antes, me conocían o me deseaban, unos nos querían, otros nos odiaban, a mi y a mi autor.
Era bueno poder descubrir que sentían los demás. Mi dueño, que pasaba mucho tiempo conmigo, me apretaba con fuerza, me regalaba lágrimas o el sudor de sus manos. A veces me acariciaba y hasta dormía conmigo. Era una relación tan grata, tan parecida al amor, que yo me sentía a la vez útil y feliz. Saber que si había sido un buen libro, podrían volver a leerme en cualquier momento, o aspirar a ser “libro de cabecera”, el mayor honor de los de mi especie.

jueves 19 de octubre de 2006

Recuerdos de cuando yo era.....

Mariposa:


Me acuerdo de cuando era un mariposa. Me gustaba ser frágil y hermosa. Cuantos colores y líneas en mis alas, cuanto de mundo recorrí volando, cuanta dulzura me llevé a los labios. Como antes fui flor, ahora sabía lo que sentía el libador, era un placer tan grande, sólo comparable a ser libado.
El batir de unas alas, también era un recuerdo anterior, pues ya había sido un ave. Pero esta vez fue distinto, había que ser delicada y rápida al mismo tiempo, mis alas finas, pequeñas, debían moverse ágiles y elegantes, con cierta fuerza para avanzar o estar quieta, moverme en circulo, danzar libre, posarme en minúsculos intervalos pero siempre batiendo.

martes 17 de octubre de 2006

milena


Milena es bella, dócil, armónica. Esta hija es un regalo, el mejor que me han hecho, éll único tesoro que poseo. Y yo que creía que era pobre, cuando tengo millones. MIllones de sonrisas me dan al despertar, millones de esperanzas todas para soñar, millones de razones para ser feliz, millones de sueños que esperar mi en esos ojos que miran a traves del futuro, millones de luces se encienden en mi alma cuando me intenta abrazar con bracitos torpes e inocentes. En fin, que tengo más de lo que nunca deseé, y soy millones de veces más feliz que nunca desde que el sol de mi pequeña calienta mi corazón con millones de rayitos de amor, puro amor.